El 1º de mayo de 1973 no solo se celebró un aniversario mas
del día del trabajador, ese día Perón le habló a su pueblo, lo convocó a la
plaza , esa que lo proclamó en el 45
como su indiscutible líder; la misma que en el 55 ardió en el peor de los
escenarios posibles. Atrás quedaba la “libertadora;” la proscripción; Vandor y “Puerta
de hierro”, esta vez otro era el escenario… Este no iba a ser un día peronista, no por lo
menos igual al de los de antaño.
La consigna del gobierno por aquellos días era clara, “1º de mayo asamblea popular”, pero la coyuntura
generacional de los 70 no iba a permitir que día sea igual a los de Perón
hablándole al pueblo que lo recibía con
brazos abiertos. Eso fue allá por el 45 cuando perón desde la secretaria de
trabajo abrazó a una clase trabajadora y le dio forma. Las circunstancias -como decía eran otras-, la mitad de la plaza
estaba ocupada por jóvenes militantes activistas, nacidos bajo el lema “ni vencedores ni vencidos”.
Estos vieron al peronismo desarrollarse con Perón el exilio, prohibido; fueron
los que crecieron viendo a su líder recluido en “Puerta de hierro. Esos jóvenes
se hicieron desde abajo, se cargaron la mochila y lo trajeron, si lo trajeron…. Forzaron las circunstancias,
se mancharon las manos de sangre y por fin, en esa plaza, encontraban el escenario
histórico de reclamar su espacio (de poder).
Había llegado el momento de encontrarse con su líder y
decirle que rumbo querían para la construcción de una nueva Argentina. Pero
estos jóvenes no entendían que el peronismo no estaba abierto a discutir un giro tan
brusco dentro de su orgánica, y menos entendían
que su líder, su padre, su mentor no
estaba dispuesto a abandonar esa burguesía sindica la que había consolidado en
sus años de esplendor. Perón no estaba dispuesto a echar todas sus fichas, en
activistas militantes con escasa edad, e intrépidas acciones, esas que lograron
llevarlo a aquel momento tan ansiado del rencuentro.
La orden había llegado a todas las columnas que se
movilizaban, nada de banderas partidarias ni de identificaciones sectoriales,
hoy es un día peronista. “No importa ya
llegamos hasta acá”, habrían dicho esos
jóvenes .Las banderas entraron de contrabando se posicionaron bajo el balcón
tan famoso y popular, cuantas veces
soñaron ellos con ese día y allí estaban. Pero esta vez
el sabor era amargo.
En lo alto era Isabel y no Eva y a su lado, el siempre siniestro López
Rega, “la más clara manifestación de que ese balcón no era el mismo”, solo su
imagen destilaba “gorilismo”. Aquellos jóvenes que lo dieron todo por su “general”,
observaron el despliegue atroz en ese balcón.
Ideológicamente repudiaron la escena contestando “no queremos carnaval, asamblea popular”. La
juventud imberbe -como la llamo su progenitor- estaba desacreditando a quienes Perón
eligió para que lo acompañaran en su retorno.
Se conservaba fresca la sacudida de ezeiza, el ambiente se
tensaba a medida que las columnas ingresaban a la plaza y los muchachos de la
conducción trataban de mantener la tensa calma en la masa que reclama con cantitos
“se va a acaba, se va a acabar, la burocracia sindical”., esto nunca paso en el
peronismo, menos aun en una plaza colmada de peronistas donde una mitad se lo cantaban
a la otra presente. La plaza siempre fue
para escuchar a su líder, no para reclamarle una toma pública de posición.
Era la primera vez que perón hablaba a su gente después de casi
20 años de exilio, y el general fiel a su costumbre trataría -o al menos así lo
imaginaba- mantener la unidad para traer paz dentro de la fuerza política y generar
confianza en aquellos que veían desde afuera. El peronismo vio en esa plaza, el
nacimiento de una disputa que hasta hoy ideológicamente parece interminable.
La ruptura inminente del movimiento caminaba hacia el momento más dramático.
La violencia dialéctica con la que el general enfrentó a su “juventud
maravillosa” pegó duro en los jóvenes militantes. Los mismos que desde 71 al 73
forzaron las condiciones de esa plaza colmada.
Ya para el final del discurso la plaza estaba a la mitad de
su capacidad, las columnas de jóvenes se retiraban tal vez sin entender el
momento histórico, pero ésta generación no iba a tolerar semejante despropósito,
ese día Perón les fallo como líder, como padre y como mentor. El General banalizó
la situación y hasta llegó a decirle a
un funcionario, ”de vez en cuando hay que darle un tirón de orejas a los
jóvenes”. ¿Fue la falta de visión en el hombre que gobernó desde el exilio?, ya
era evidente que los años en puerta de hierro habían impedido al desgastado
general comprender el nuevo escenario al que se enfrentaba.
Seis meses más tarde, Perón en un discurso mas conciliador y
paternalista, dejaría la carga de su hérnica a su pueblo, la historia dirá que Perón
ya no era el mismo, que fue hasta irresponsable cargarlo con titánica tarea. Lo
cierto es que a partir de ese día el peronismo no volvió a ser el mismo, ya no
era tan claro ni sencillo entender. Ya no era solo “de la casa al trabajo y del
trabajo a la casa”, una nueva coyuntura
se gestaba dentro de él y permaneceria viva por décadas. Ese fue el día en que perón
habló y el pueblo contestó.
Por Fernando Fernandez
